De acuerdo a las normas de éxito de hoy día, Pablo fue un fracaso total. Él no construyó ningún edificio. Él no tuvo una empresa. Y los métodos que él usó fueron rechazados por otros líderes. De hecho, el mensaje que Pablo predicó, ofendió a un gran número de las personas que lo escucharon. A veces, hasta lo apedrearon por predicarlo. ¿Cuál era el tema de su predicación? La cruz.

Pablo no tenía ninguna otra ambición, ninguna otra fuerza dominante en su vida sino ésta: “Para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).  Estaba siendo guiado por el Espíritu Santo hacia una vida rendida a Dios.  El  preguntó, “Señor, ¿qué quieres que yo haga?”, y su corazón clamaba, “Jesús, ¿cómo puedo servirte? ¿Cómo puedo conocerte y complacerte? Nada me importa más. Todo lo que he hecho en mi carne es basura. Ahora tú eres todo para mí.”

Cuando estemos delante de Dios en el juicio, no seremos juzgados por nuestros ministerios, logros o el número de convertidos. Sólo habrá una medida de éxito en aquél día: ¿Estaban nuestros corazones completamente rendidos a Dios? ¿Pusimos a un lado nuestra propia voluntad y planes, y aceptamos los de Dios? ¿Sucumbimos a la presión de otros para formar parte de la multitud o lo buscamos sólo a él para que nos diera dirección? ¿Corrimos de seminario en seminario buscando propósito para nuestras vidas o encontramos nuestra realización en él?

Yo sólo tengo una ambición y ésta es aprender más y más para decir sólo aquellas cosas que el Padre me dé. Nada de lo que yo diga o haga de mí mismo vale algo. Yo quiero poder proclamar, “Yo sé que mi Padre está en mí porque hago su voluntad.”

By David Wilkerson